A veces tengo miedo. Lo cierto es que, decirlo no me hace sentir especialmente orgullosa pero soy ese tipo de chica la cual debe decir las cosas en voz alta para creérselo. Tampoco es que sea una chica difícil y muy hija de puta, soy normal, en todo el amplio significado de esa palabra, n-o-r-m-a-l y con todo lo que ello implica: miedos, tendencias, sueños, modas, novio, carrera universitaria, etc. Aunque ahora mismo no me sienta tan a gusto diciéndomelo, más bien esté empezando a plantearme una vida en reversa, sin planes, sin novio, sin iphones, sin facebook y los millones de amigos que nunca conocerás, sin música de plástico, sin películas estúpidas de gente feliz y sobre todo sin personas enseñándote a ser feliz. Pero no puedo ir a contracorriente por que en la cabeza y delante mío tengo a mis dos amigas de infancia que van de un lado al otro de Mi habitación probándose uno y otro vestido porque hoy ha tocado fiesta en el calendario Facebook de pared; una de ellas, Verónica que va de rojo carne, me dice que estoy por ahogarle los nervios con esos monólogos de gente asocial que nunca pudo crearse una cuenta en facebook a tiempo y que ahora debe sufrir para conseguir una invitación.
De entre las dos siempre he creído que Ana me cae mejor, no es que Verónica sea mala tipa, es sólo que habla demasiado y tiene muchos amigos en el Facebook, lleva el karma saliéndole por las orejas desde hace más de dos años cuando llegó al follower dos billones. Siempre dice que ya le falta poco para estar entre las un millón de personas mas influyentes del planeta. Ana no podría describirse como el polo opuesto porque sencillamente también adora el universo Facebook, o lo adoraba, por que la miro y veo que cada diez segundos quiere echarse a llorar al parecer sin motivo y eso me hace dudar, además por que mira el calendario para ver si en la lista de amigos apuntados para las diez sale el nombre de su ex- y único novio; en opinión mía un imbécil plástico. Verónica se acerca a ella y le susurra algo al oído que hace que Ana esté otra vez a punto de soltar las lágrimas. Cierro lo ojos. Lo que le ha dicho, me cuenta ahora, es que no se ponga ese vestido negro que aunque a ella le daría perfectamente, a Ana le sienta como a María el día de luto.
Vamos camino a la fiesta y Ana se echa por fin a llorar. Ella y yo vamos en la parte de atrás. Ana me dice que no puede seguir evitándolo, que un día va a tener que matarse, que su novio lo era todo para ella. La escucho en silencio por que no se que decir. Creo que a veces terminamos precipitando más las cosas con nuestras buenas intenciones, o algo así es lo que le digo a Verónica cuando me hace una mueca de «dile algo». Un segundo después siento como las mangas del polo que llevo se humedecen y entonces lo único que quiero es que Verónica pare el auto, que Ana se lance por fin bajo las ruedas de camión en la autopista y que podamos regresarnos sin asistir a la puñetera fiesta. Pero lo único que consigo es que Verónica se ponga en plan consolador y termine diciéndole a Ana que no se preocupe mucho, que Fernando irá a la fiesta por que ella lo ha invitado. Una sorpresa por su cumpleaños número dieciocho.
Seguimos en la autopista y he logrado que Ana deje de humedecer mi polo, pero aún así creo que no secará a tiempo. Veo la multitud de carros avanzando al otro lado de la super-vía que antes no era más que un desierto infinito al que nadie le había tomado importancia hasta que Facebook terminó comprándolo todo y con ello el nieto del fundador se tomó la molestia de hundir para siempre la pequeña compañía Google que hacía móviles y que también construía carreteras. Seguimos media hora más y Verónica empieza a decirnos que algo ha pasado delante.
- Creo que ha habido algo - Verónica empieza a disminuir la velocidad
- ¿Algo? Algo de que... - Ana saca la cabeza del auto y dice algo que no escucho...
¡Hay que joderse!, dice Verónica. El auto se detiene y veo que una enorme fila de autos se alinean unos trescientos metros enfrente de nosotros.
Nos bajamos y la gente que esta delante empieza a señalar con un dedo algo que baja desde el cielo. A mi lado hay un tipo que no dice nada, y tampoco tiene el manos libres en la oreja, ni parece usar nada con la marca Facebook. Lo miro y ni se inmuta. Ana y Verónica me llaman para ir hacia donde «la cosa del cielo esta bajando». Pero yo sé que es, lo he visto muchas veces en las noticias. Ese «algo» de Verónica es grande. Realmente grande si han enviado la «máquina-limpia-todo» como la llamaba mi madre. La primera vez que se utilizó fue para perseguir a un hombre que intentó matar al abuelo Zuckerberg, una historia muy conocida y lamentable por la cual los supuestos estudiosos del fenómeno F decidieron clasificarla como mito. A mi, aquí parada me da igual y no es que no me interese, es que ahora mismo el tipo del costado ya no está. Y joder, acababa de verlo un segundo antes y ahora no hay rastro de él. Cierro lo ojos y vuelvo a abrirlos en dirección a donde estoy segura lo he visto.
- ¿Sucede algo? - Dice Ana, que se ha acercado muy rápido. - Se te ve pálida mujer... será mejor que regresemos. Es una limpieza y va a durar algunas horas.
- Hay mucha, mucha sangre ¿sabes?. - me dice Verónica. - Creo que esta ha sido unas de esas quedadas clandestinas para suicidarse en grupo. - La veo y está pálida - mejor nos vamos.
- Creo que vomitaré - les digo a ambas. - y el dolor me va a matar.
Subimos al auto y tenemos que esperar unos minutos para dar la vuelta; estoy empezando a sentirme mal, mal de verdad y sé que no tiene nada que ver con los mass-suicide de la carretera. Es el tipo que ha estado a mi lado, el que me ha pasado una nota al bolsillo antes de desaparecer, ¿como narices lo ha hecho?, ¿como?. Viajamos en la carretera alterna lejos de las luces de la autopista, por la ventana veo la luna gigante que se come el cielo y a mi lado Ana duerme enrollada en sus ropas de luto. Verónica fuma aunque mantiene las lunas bien cerradas, no dice nada, de alguna forma sé lo que esta pasando por su cabeza. Son esos recuerdos de antes que nos devuelven a la realidad cada vez que vemos a los mass-suicide, incluso en ella que a veces parece lograr olvidar. Avanzamos lentamente, escucho a Verónica llorar y a Ana enrollarse más. Sigo mirando esa luna vacía.
«Rigor Mortis, Chiba, Piso 6 » - dice la nota en mi bolsillo.
Y sé donde he visto al tipo de la autopista, en la Tv hace trece años viajando en esta misma carretera, y lo he visto porque mi madre ha puesto el canal para ver a alguien recibir el nobel de medicina, alguien mediano, de ojos marrones tristes y gafas, mi padre. Las luces de la autopista se ven a unos veinte metros, Verónica acelera, ha dejado de llorar, escribe algo en el F y da en el botón de «Actualizar»; en un rato estamos otra vez camino a olvidar, camino a Rigor Mortis, Chiba, Piso 6.
[Ahora los dejo con Thirteen Senses, un grupazo que desde la primera me ha gustado, si os va el indie-algo, ya podrían darle una oportunidad. Y esta canción está incluida en uno de los pocos discos que compraría entero y sin chistar.]

Tiempo sin escribir, Rafael.
ResponderEliminarEl alma difusa.
Gracias por pasar Raúl :)
ResponderEliminarLa verdad es que estoy metido en el ajo (ocupado), aunque sigo escribiendo, y leyendo que es lo que no puedo dejar.
Me ha quedado una mala costumbre de no publicar con frecuencia, la cual estoy cambiando.
Un saludo.
el fenomeno f ha hecho que mis amigos se alejen de mi, aunque ellos dicen que soy yo quien se ha alejado de ellos por no querer formar parte del fenomeno. vaso medio lleno, vaso medio vacio. supongo que es cuestion de puntos de vista. super creativo tu punto de vista casi apocaliptico. saludos
ResponderEliminar@ludobit: Estar o no estar. A mi lo que no me va es que la gente de pronto está mas cerca de sus iphones y facebook que de ellos mismos. Como dices bien, cuestión de puntos de vista.
ResponderEliminarUn gran saludo.
Son las once veintidós. Aun leyendote.
ResponderEliminarbellarte: Ya puestos aquí, esto ha sido admirable. Eres genial, como lo dije en la última entrada, ha sido inmenso, maratónico. :D
ResponderEliminar